Tras mi paso como médico encargado de la Unidad de Enfermedades Profesionales en una mutualidad regida por la Ley 16.744, observé algunas cosas que son desconocidas en la atención de enfermedades comunes:
- Sin necesidad de hacer un estudio estadístico, me atrevo a decir que más del 80% de los ingresos eran de salud mental, seguidos por patologías musculoesqueléticas.
- Las enfermedades de salud mental no siempre terminaban siendo evaluadas ni tratadas por un médico psiquiatra.
¿Por qué? Por el simple motivo de que la psiquiatría es una especialidad que ve psicopatología. Para que una enfermedad fuera catalogada como profesional debía cumplir con tres requisitos básicos:
- Que la exposición al factor laboral causante de la enfermedad profesional tuviera una duración mínima de un mes.
- Que el agente de riesgo fuera demostrado en el estudio de la enfermedad.
- Que existiera una relación directa de causalidad.
La primera consulta —el ingreso— debía ser por una licencia tipo 6, diferenciándose de la tipo 5 de accidente laboral. En esa anamnesis de una hora se recababa la mayor cantidad de datos posible: primero, factores de riesgo extralaborales y enfermedades comunes que pudieran estar causando la sintomatología; luego, un extenso interrogatorio dirigido sobre las condiciones laborales. Tras eso se elaboraba un informe en el que, entre otras cosas, se debía realizar un examen mental detallado y evaluar posibles trastornos de personalidad.
Esa era una de las tres partes. Las otras dos correspondían a un informe psicológico y, finalmente, a un estudio de puesto de trabajo, donde diferentes profesionales acudían a verificar los hechos relatados —normalmente mediante testigos— tanto por parte del paciente como del empleador. Todo eso se enviaba luego a una comisión calificadora presidida por un médico laboral y, tras hasta un mes de estudio, se emitía la calificación.
¿Cuál era el diagnóstico que más se repetía?
Trastorno de adaptación, con síntomas ansiosos, depresivos, insomnio y otros. En términos simples, el trabajo estaba enfermando al trabajador.
A pesar de que muchas veces se lograba la reincorporación laboral, muchas personas terminaban renunciando. ¿Cuántas personas decidieron tomar como tratamiento renunciar a su fuente de ingresos? Y cuando hablo de personas, hablo de familias, amigos, un sistema entero que sufre al ver sufrir a su ser querido.
¿Y por qué escribo esto? Si tan solo con mi paso por ese lugar de trabajo, sin necesidad de buscar bibliografía o estudios, solo viendo sufrimiento humano causado por un sistema que no solo quita ingresos, sino también felicidad y provoca tremendas crisis personales e interpersonales, puedo decir con certeza que, como médico, mientras prescribía un psicofármaco, pensaba más en cómo se permite que algo tan básico como el trabajo tenga tantos efectos adversos. Al menos, en las cajas de antidepresivos vienen escritos en un prospecto; en el contrato de trabajo de esas personas nunca vi los efectos adversos por los que consultaron.
La gente suele hacer burlas cuando solo se le receta paracetamol, pero es efectivo. Un antidepresivo para calmar dolencias laborales es quizá menos que placebo.
Pero sigamos buscando una forma de enfrentar la salud desde un hospital, mientras el problema está bastante antes de pisar una consulta.
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